Hay personas a quienes no les gustan nada los perros… Suelen ser mujeres, vaya a saber porqué, pero en este cuento es un hombre. Tanto los odiaba que se le oscurecía el semblante en cuanto veía uno, y les arrojaba piedras hasta que el animal huía espantado. Afortunadamente, y gracias al Poder que protege a toda criatura, este hombre padecía una bizquera que le hacía errar siempre el blanco.
Se llamaba Fergus Fionnliath y vivía cerca del puerto de Galway. Al escuchar un ladrido, pegaba un salto y le lanzaba lo que tuviera a su alcance. Recompensaba a los criados que, como él mismo, odiaban a los canes, y cortejaba a las hijas de aquéllos que ahogaban a los cachorros al nacer. Ese dientecito que se le aflojaba hasta el último colmillo, largo y amarillento. Conocía sus gustos y sus antipatías; cuánta obediencia se podía esperar de un can domesticado sin que llegase a perder su dignidad o a volverse servil y receloso; sabía de sus esperanzas, de los temores que rebullen en su sangre, y todo lo que cabe exigir o esperar de una pata, una oreja, un ojo o un incisivo… Porque los amaba, y el amor es la fuente de todo entendimiento.
Fionn tenía trescientos perros y dos favoritos, Bran y Sceolan, que lo acompañaban noche y día y a los que cuidaba con especial ternura. Pero nadie, aunque hubiese dedicado veinte años a investigarlo, sabría porqué los amaba tanto ni porqué jamás quería separarse de esos dos en particular.
La madre de este Fionn, una bella mujer llamada Muirne, fue una vez a la ciudad Allen de Leinster a visitarlo, acompañada por su hermana menor, Tuiren. Las gentes de Fianna dieron a ambas la bienvenida, por ser parientes de Fionn, y también por hermosas y nobles.No hay palabras para describir lo seductora que era Muirne, pero a Tuiren no había varón que la mirase sin enfadarse consigo mismo o sentirse desdeñado, porque su tez era fresca como una mañana de primavera; su voz, más alegre que el canto del cucú desde la rama más alta del seto, y su silueta, grácil como el junco y fluida como el agua del río, así que cada hombre imaginaba que corría hacia él.
Los casados se entristecían al advertir que nunca sería su mujer y los solteros se desafiaban con miradas truculentas e inyectadas en sangre, para contemplar acto seguido a la bella con tal expresión de mansedumbre y ternura que pudiera creerse admirada por la tibia aurora.
Tuiren entregó su corazón a un caballero del Ulster, llamado Iollan Eachtach, que la pidió en matrimonio haciendo una declaración de sus derechos, títulos y cualidades.
Aunque Fionn no sentía especial enemistad por los hombres del Ulster, antes de dar su consentimiento al matrimonio de su tía impuso una extraña condición (que sugería que los conocía poco o demasiado bien): Iollan le devolvería a Tuiren ante la primera señal de que ésta no era feliz. Iollan aceptó ante tres testigos: Caelte mac Ronan, Goll Mac Morna y Lugaidh. Fue éste último quien entregó ritualmente a Tuiren, aunque sin ningún entusiasmo porque también él la amaba. Y cuando ella marchó, Lugaidh escribió un poema que decía: ”Ya no hay luz en los cielos…” y que aprendieron de memoria cientos de personas tristes.
Irlanda, mientras leen les estoy haciendo llegar estrellitas de protección y amor!
Fuente: http://www.twakan.com
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Abril 13, 2008 a las 5:33 pm
ahhh amiga si que te has dedicado a escribir, mmm no sé porque intuyo que te transformará en la próxima escritora de leyendas!! Felicitaciones!!!
Me alegra que la pasaran muy bien!! A mi también me encantó charlar y verlos. Les mando unos super abrazossss!!!
Agosto 1, 2008 a las 3:27 pm
hola!!! te queria haecr una pregunta:tenes el poema que escribio Lugaidh a tuiren? Porque no lo encuentro y me gustaria leerlo…Graciassssss!!!!!! Muy Hermoso el blog!!! todavia no lo termine de leer…pero ya lo guarde…gracias!!!! besosss